martes, 27 de septiembre de 2011

Postura sobre la colegiación de Comunicadores Sociales en Entre Ríos


El Senador José Luis Panozzo presentó recientemente un proyecto de ley en la Cámara Alta provincial para instituir la colegiación de los profesionales en Comunicación Social.  El proyecto generó flor de revuelo, incluida la bronca de la persona con mayor poder de la ciudad de Chajarí y distintas entidades relacionadas a medios, con su correspondiente impacto en la opinión pública y seguramente en distintas esferas de poder político. 

Más allá de las pasiones que pueda despertar, es un hermoso tema para debatir.  Ese debate, que algunos pretenden obturar alegando principios democráticos y descalificando a quienes opinan distinto, es también parte de la libertad de expresión.

No tuve ningún tipo de participación en la iniciativa, ni conozco muy en profundidad el proyecto, dado que lo leí una sola vez, pero me parece interesante por lo menos que el tema se plantee y se discuta.  Bienvenidos los proyectos que movilizan. En esa posibilidad que tenemos los ciudadanos de poner el grito en el cielo, de enojarnos y de poder denostar una iniciativa de un representante legítimo del pueblo o de un sector determinado, consiste la democracia.  Justamente eso que molesta tanto y merece el repudio, por ejemplo, de la  Asociación de Frecuencias Moduladas de Entre Ríos (AFMER) o a la Unión de Trabajadores de la Comunicación de Entre Ríos (UCTER).

En principio, comparto que la calidad técnica del trabajo periodístico no tiene nada que ver con su estudio universitario.  Es decir, la experiencia demuestra que hay periodistas con excelente manejo de la técnica, que no estudiaron comunicación social, ni periodismo profesional y existen miles de mediocres y malos periodistas que sí han hecho la carrera profesional.  Ejemplos: Nelson Castro es médico, Ernesto Tenembaum es psicólogo, Zlotowiazda economista, Gonzalo Bonadeo no estudió la carrera de periodismo ni comunicación, lo mismo que Lanata, por citar solamente algunos casos conocidos. 

viernes, 23 de septiembre de 2011

Progresismo

Hace tiempo que intento definir, o mejor dicho, definirme, qué demonios es eso que el microclima interesado en la política ha dado en llamar PROGRESISMO.  Pregunté mucho, presté atención, intenté leer algunos textos y la verdad no pude comprender a qué se refieren todos cuando hablan de progresismo.  No me quedó otra que escuchar y leer a los que se definen a sí mismos como progresistas.  Conclusión: no me la juego, pero todo parece indicar que un tipo es más progresista cuanto más se indigna por el precio de los zapatos que usa un presidente.  Claro, en la medida que ese presidente sea peronista.

Tirar de la cuerda... y confrontar

Vivimos en un país injusto. Tremendamente injusto. Insportablemente injusto. Y es imposible hacerlo más justo sin tocar intereses de quienes tienen la tarasca, los medios y el poder permanente, ese que no va a elecciones.  Para hacer nuestro país más justo, viejo, no queda otra que confrontar, porque nadie deja que le toquen (o le metan el dedo) en sus intereses sin patalear, sin pelear, sin pegar duro.

Entonces desconfío de los candidatos o dirigentes que vienen con el cuento del diálogo, del consenso, de las reglas de juego, de la concordia y los acuerdos.  Desconfío porque la única manera de dejar al poder real contento es sin cambiar nada, y acá hay demasiado que cambiar.  El que no está dispuesto a confrontar es porque no está dispuesto a cambiar nada.

Si el tipo o tipa que quiere gobernar nuestro país, no está dispuesto a hacer cambios fuertes o asumir el costo de tocar esos benditos intereses de los que pagan sus lujos y su poder con el esfuerzo del trabajador ¿Para qué mierda lo queremos en el gobierno?